
Carlos Alejandro Villanueva Martínez y nació el 4 de junio de 1908 en el
tradicional barrio del Rímac, en Lima. Su infancia la pasó en la Calle de
Malambo pero luego su familia se mudó a la Calle Maravillas, en los Barrios
Altos, donde vivió varios años. Después, Villanueva, se fue a vivir a La Victoria y es ahí donde sale como
jugador de fútbol.
Dueño de un maravilloso dominio del balón, Alejandro
Villanueva es considerado el inventor del fútbol alegre, elegante y pícaro;
juego que se impregnó en muchas generaciones de futbolistas y ha identificado al
Club Alianza Lima. Fue quien inventó jugadas que nunca antes se habían visto en
Lima. En 1928 inventó, marcando un gol, el "caracol" o "chalaca", jugada que se
conocería después en el mundo.
Alejandro Villanueva era el tipo de jugador nacido para el fútbol, era un de
esos atletas que iría muy lejos, aunque a la postre no fue tanto como pudo
haberlo hecho, porque si Manguera no hubiera sido tan criollo y tan bohemio…
otro hubiera sido su destino. Pero cada hombre, dicen que nace con su destino
grabado, porque para El Maestro, como le había bautizado la prensa y su
hinchada, la gloria y el dinero, lógica consecuencia de ella, no eran para él lo
más importante. Para este hombre solo tenían importancia la amistad y… el
compadrazgo, como solía distinguir a sus íntimos.
Alejandro alcanzó la cúspide de la popularidad deportiva en su fútbol. En ese
fútbol que él había creado, estilizado con expresión e inspiración de ballet.
Había llegado a dominar el balón a tal extremo que éste parecía imantado a sus
botines de juego, como obedeciendo su voz para la realización cerebral del
momento, sin errores, sin fallas.
El Maestro vivió así los instantes más gratos del éxito, la popularidad y la
admiración; una admiración de la que gozó con el respeto y cariño multitudinario
no solo de su hinchada y amigos, sino de toda la afición del Perú. Su nombre
regó los surcos de Costa, Montaña y Sierra. Un caso raro, de excepción porque
matizó su vida deportiva con la bohemia del criollo de pura cepa, entreverando
el fútbol con el rasgar de las guitarras.
Manguera no entrenaba, porque en verdad su constitución física endeble no le
permitía esos lujos. Jugó al fútbol a su manera porque había nacido para ello,
sin correr, sin esforzarse, no lo necesitaba porque como él mismo decía: “la que
debe correr es la pelota, para eso es redonda…” Y mientras corría la pelota,
corrieron también los días del éxito y la popularidad así como las noches de
jaranas interminables.
Sin embargo, Alejandro Villanueva, no solo maravilló a su público sino que
extendió su maestría por el resto de América, Asia y Europa. Así hizo
transcurrir su vida, entre el fútbol estilizado, afiligranado y brillante con la
bohemia de la chicha y la marinera. Estaba marcado que nunca iba a pensar en su
futuro así como tuvo la menor idea del indetenible paso del tiempo. Por ello,
cuando se sintió enfermo, física y moralmente derrotado, no pudo calcular
cuantos años habían transcurrido desde su tierna niñez hasta el ocaso de su
propia vida.
Una cama del Hospital Dos de Mayo fue su último refugio, en cuyo partido final
enfrentó aun rival que nunca perdona: la muerte.
A pesar de todo, se fue serenamente, con la misma sobriedad y clase que había
exhibido en sus mejores momentos de gloria deportiva. Cantó su última jarana y
rasgó los acordes finales de su guitarra e hizo el macabro pase de la muerte. En
su agonía sintió el bullicio de las tribunas y el aplauso de su público, de esa
hinchada a la que no le guardó rencor, porque antes de sonar el pitazo de su
último partido, en sus labios balbuceantes pidió: “vístanme con el uniforme y
los colores de mi Alianza Lima, porque siempre la llevé en mi corazón y me la
llevaré para toda la eternidad.”
Así fue Alejandro Villanueva, El Maestro, Manguera, el más brillante jugador
que haya nacido en el Perú: futbolista y bohemio que amó y se llevó de la vida,
finalmente, lo que más quiso de ella: el azul y blanco del club de sus amores.
Así es el fútbol con sus alegrías y sus tristezas; donde se goza y se sufre, tal
vez por ello esté tan profundamente incrustado en el corazón del pueblo.
¡Gloria eterna al Maestro! ¡Inolvidable y siempre presente en el fútbol del
Perú!